15 octubre 2016




“De pseudónimos y realidades” de Elisabet Jiménez

Entré de las primeras, estaba ansiosa por conocer todo sobre su trabajo, sobre su libro y sobre su vida. Aunque poco me quedaba por averiguar ya, salvo su identidad. Era sabido, que Marlon W, era un pseudónimo blindado que escondía muy bien a la persona que había tras aquella carrera imparable; con cinco títulos superventas en su haber, traducidos a varios idiomas y con números de ediciones astronómicos. Marlon era el sueño de toda escritora; de hecho, las especulaciones eran de lo más variopintas. Que si era un autor muy famoso de género dispar; que si eran manuscritos encontrados sin dueño y de los que se había apoderado una editorial, nadie fisico ni concreto. Cada año en que era publicado un libro, eran meses de conjeturas y habladurías. Yo siempre intuí que era una mujer, por la forma de escribir y por conocer tan bien el funcionamiento, y porqué no decirlo, la ilógica de nuestros pensamientos.

Así pues, con la película del primero de sus libros a punto de estrenarse, se decidió a abandonar el anonimato. Sus fans éramos las primeras en estar ahí para recibirle. Para averiguar quién se escondía tras esos textos llenos de sentimiento, impregnados de verdades y de todo aquello que callamos desde pequeñas.

No podíamos creer que hubiera elegido nuestra ciudad para presentarse, para salir a la luz. Era un sueño. Había pocos pases, la sala era pequeña y estaba ocupada casi en su totalidad por la prensa. En realidad, iba a dar una rueda de prensa y a presentarse en sociedad. Aunque, misteriosamente, a mi me llegó la invitación directamente por correo electrónico desde su editorial. Conmigo siempre había sido muy cordial, hablábamos desde sus perfiles de facebook y twitter. Eso, o sus community managers hacían muy bien su trabajo.

Cuando salió al escenario y lo vi, quise desaparecer, hacerme pequeña. No era una mujer como pensaba. Era un hombre. Uno alto y rubio, con ojos marrones de profundidad inexplicable, labios carnosos y sonrisa sincera. A punto de llegar a los cuarenta, aunque no aparentaba más de treinta. Cruzamos las miradas y no pude sonreír porque mis músculos no obedecían. Él sí que lo hizo, directamente a mi y durante ese instante el mundo dejó de girar.

Apenas atiné a escuchar aquello que venía a contarnos, ni las respuestas hábiles a los periodistas, ni sus futuros proyectos. No atendí tan siquiera cuando hablaron del nombre de la protagonista de sus novelas, que curiosamente coincidía con el mio. No pude escuchar apenas nada, porque mi mente estaba anclada en el pasado, había vuelto a los años de instituto, en concreto, al primer año.

A una chica soñadora y algo tímida, llena de complejos que se escondía tras su libro para no tener que hablar. A un chico introvertido al que había que prestar mucha atención para adivinar sus palabras. A apellidos correlativos que nos obligaron a compartir pupitre, tan solo separados por un palmo. A la coincidencia de estar leyendo el mismo libro, jamás olvidaré “La soledad de los números primos”. Al primer trabajo en equipo. A las risas y bromas que solo nosotros entendíamos. A miradas cargadas de intenciones. Al primer beso furtivo, casi robado. A volvernos inseparables, a manos enredadas que escondiamos de los curiosos. A la decepción tras una última llamada. A no volver a saber de el hasta años después, que aparecia sentado detrás una pila de libros.

Sus libros descansaban a mis pies a la espera de una dedicatoria. Las cinco ediciones de lujo que me había auto regalado para mi cumpleaños, que era la fecha de lanzamiento de cada uno. Ahora entendía tantas coincidencias.

Al terminar la presentación y comenzar la ronda de firma, se formó una interminable cola que llegaba hasta la calle. Me levanté aprovechando el tumulto arremolinado frente a él y abandoné la sala silenciosa. Un chico, acreditado como su representante, me agarró la mano antes de alcanzar la calle. Su cara me resultó muy familiar. Traía mis libros y un sobre en color lavanda, mi color preferido, con mi nombre caligrafiado. Era su letra, la Enzo.

―India, soy Cristo, el marido de Enzo ―dijo mirándome a los ojos. 
Agarré el sobre, mi bolsa y salí de allí precipitadamente.


Fue entonces cuando comprendí, aquella última llamada de hacía veinticinco años y porque no volví a ver a Enzo ni a su mejor amigo Cristo nunca más.

Un relato de la escritora Elisabet Jiménez.
¿Quieres leer Una charla con Eli? bit.ly/EliJim

4 comentarios:

carmen ruiz dijo...

Ooohhhhh!!!!espectacular!!!me ha impresionado!!

carmen ruiz dijo...

Ooohhhhh!!!!espectacular!!!me ha impresionado!!

Rita Piedra dijo...

Me llamó mucho la atención cuando leí, Carmen. Es bonito :)

Elisabet Jiménez dijo...

Mil gracias a las dos, por acompañarme siempre. Muacks!!